Acallar la Mente

Cuando la mente no para… es imposible escuchar nuestras voces internas, reencontrarnos, descansar en el Ser y en la seguridad que nos da la Esencia.

Acallar la mente. Parece algo muy simple, pero… ¿por qué es tan difícil lograrlo? Tampoco se trata de satanizar a la mente, porque caemos en la polaridad, y en definitiva somos unidad, un complemento armonioso que en su estado natural está preparado para funcionar al unísono, sólo hay que recordarlo.

“Acallar la mente”, también este es un deseo de la propia mente, y con ella, lo logramos. Los caminos, métodos y enseñanzas para ello pueden ser varios. Un ejercicio muy valioso y que deja ser a los pensamientos para verles el sentido, es el siguiente

Este ejercicio puede transcurrir de la siguiente manera: me siento media hora en mi cuarto, sin orar, sin meditar, sin leer, sin reflexionar. Esto no es en modo alguno tan sencillo. La única condición, sin embargo, es permanecer así media hora. Poco a poco irán aflorando en mí todos los pensamientos posibles. A cada pensamiento le pregunto: “¿Qué quieres decirme? ¿Qué anhelo late en ti?” Por regla general, constataré que todos los pensamientos y sentimientos tienen un sentido. Cuando le pregunto a mi enojo qué es lo que quiere decirme, probablemente me llamará la atención sobre lo siguiente: “Marca mejor tus límites. No les concedas tanto poder a los demás. Resuelve el problema en vez de enfadarte por ello”. Entonces, la irritación se convierte en un impulso positivo.

Cuando los celos llaman a mi puerta, puedo preguntarles qué anhelo se oculta en ellos. Probablemente me harán caer en la cuenta de que siento la necesidad de que alguien me ame sólo a mí, de ser yo para mi pareja o mi amigo el único amado. Cuando me confieso esta necesidad, me percato de cuan exagerada es. Pero no me juzgo por tener semejante necesidad. En la medida en que la reconozco, estoy en condiciones de aceptarlas. De modo individual, puedo interrogar al miedo o a la depresión, y, de esa suerte, familiarizarme con tales sentimientos. Y de golpe cobro consciencia de que, en el fondo, quieren decirme algo positivo. El miedo desea indicarme la medida adecuada, la medida en aquello de lo que me creo capaz, pero también la medida justa en relación con las expectativas que deposito en la imagen que me hago de mí mismo.

Es importante ver qué experiencias vive la cada persona con este ejercicio. Algunas personas cuentan que, cuando les permiten aflorar a todos los pensamientos y sentimientos, ya no los perciben con tanta intensidad. El miedo a verse inundado por los pensamientos suele carecer de fundamento. Cuando se les permite ser, los sentimientos ya no tienen que pedir la palabra con violencia. Así, muchas personas viven esta media hora como tranquilizadora. De repente, notan una profunda paz interior. Ya no consumen más energía en sofocar y reprimir pensamientos desagradables. A todo se le permite ser, pues todo tiene un sentido: todo puede, en último término, conducirnos a nosotros mismos, a nuestro centro, a nuestra verdad. Y solo la verdad nos hace libres.

Confrontarse con la propia verdad requiere coraje. Pero el solo hecho de permitir ser a todos los sentimientos y pensamientos, les priva ya de su poder. También es útil la idea de que los sentimientos, lejos de inundarme, son interrogados por mí. Así pues, adopto un punto de vista desde el que puedo dirigir mi atención a las emociones; este ejercicio brinda una gran paz y una intensa calma.

Debemos entender que no es necesario ser tan meticuloso al realizarlo, es decir no demos de exigirnos media hora de forma puntual, también puede ser muy valioso aplicarlo diariamente de una forma más ligera y simple: en cualquier momento del día, o cuando me voy a dormir, o cuando me propongo meditar o al realizar cualquier otra actividad, solo preguntarle a cada pensamiento o sentimiento que aparece: “¿Qué quieres decirme?” ¿Qué anhelo late en ti?”, y desde un lugar de receptividad amorosa ver qué surge o qué me dice, y si me distrae o me aleja de mi propósito de ese momento, lo reconozco como algo mío y luego lo dejo partir.

Si esta pequeña actividad la incorporamos y la hacemos nuestra, el ejercicio se hace tan rápido y natural que pasa a ser un hábito simple y con resultados muy positivos. Recordemos que desde lo cotidiano y lo pequeño vamos llegando a los objetivos más grandes, como el de acallar la mente y conectarnos con nuestra Esencia.

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